18 de marzo de 2013

Qué nos brinda el filosofar


La Filosofía se encuentra ahora mismo en un momento problemático de su existencia, pues la próxima ley que está a punto de aprobar el Gobierno, la denominada LOMCE, suprime con radicalidad dos de las materias que hasta ahora han sido obligatorias en la Enseñanza Secundaria: Educación ético-cívica, de 4º de ESO, e Historia de la Filosofía, de segundo de Bachillerato.

Más allá de reiterar la importancia de esta disciplina y lo que implica negativamente su eliminación, en tanto que constituye la huella histórica más esencial de Occidente, a lo que quiero apuntar en esta entrada es a todo lo que estamos renunciando si nuestros jóvenes dejan de estudiar Filosofía. 

El primer paso para ello creo que debe ser el reconocer de qué forma hemos sido nosotros mismos, los filósofos, los culpables, en gran medida, de que la Filosofía haya quedado relegada a un entorno académico, muchas veces llegando a rozar la "caspicie" ecléctica, en tanto que no sólo ha asumido, sino que ha dado fuerza a su propia marginalidad. La Filosofía, en su pretensión de ser pura, ha despurificado todo lo demás. Pero como subrayó Adela Cortina en un encuentro de la REF al que tuve la oportunidad de asistir, "debemos volver a mancharnos con la realidad"

Admitamos que ya no queda lugar para estudiar el pensar filosófico, pensemos en el momento en el que ya no tendremos la oportunidad de hacer filosofía con nuestros alumnos: esto es, ya no les podremos mostrar un pensamiento históricamente muerto que sólo hace que mostrar de qué forma la filosofía no consigue estar conectada con su actualidad más cercana y cotidiana. Y es que, yo me pregunto: ¿realmente, hemos aprovechado nuestra oportunidad? ¿Hemos trabajado lo suficiente con nuestra enseñanza para que la Filosofía ofrezca un enfoque que pueda ser valorado?. Reflexionemos sobre ello, sin emitir ningún juicio al respecto.

Voy a centrarme en pensar lo que, desde mi punto de vista (y el de muchos otros filósofos) se pierden las próximas generaciones, y nosotros mismos, si dejamos de hacer filosofía. Remitiéndome a Kant, creo que aquello por lo que tenemos que luchar es por enseñar a despertar una ACTITUD FILOSÓFICA. Es esencial que la filosofía deje de entenderse sólo como una Historia de la Filosofía, y pase a concebirse como lo que realmente es, una actitud plenamente humana, que tiene un potencial infinito de pensamiento, creación, innovación, transformación, reflexión, argumentación, que, útil o no, permite, siempre, ir más allá de lo dado. Ir más allá de lo dado no sólo en ella misma, sino en cualquier otra disciplina de saber. Pensar problemáticas y pensar soluciones, crear nuevas propuestas y deliberar posibles situaciones, otros enfoques e infinitas perspectivas. 

Porque, y eso no habrá nadie que lo pueda negar, si algo tiene la filosofía que no tiene ninguna disciplina más, es una capacidad de diálogo constante con todos los ámbitos del conocimiento humano, una comprensión del todo que conforma las redes del pensamiento y la cultura, que tiene que empezar a verse, como mínimo, como algo provechoso para la formación de las personas, que no puede sino más que dar frutos. Y no pretendo entrar en la discusión de si estamos sometiéndonos a un pragmatismo si subrayamos este tipo de utilidades que nos da el tener una actitud filosófica, pues lo más importante es pensar de qué forma podemos combatir ese destierro de lo que consideramos tan y tan fundamental, y por tanto, como persona con actitud filosófica que soy, aceptaré nuevos enfoques o posibles propuestas distintas para poder ir más allá de lo dado: la posibilidad de su eliminación.

No pretendo quitar el valor que tiene el estudiar a los filósofos de la historia, éso es algo fundamental. Precisamente, se trata de dar un nuevo enfoque a ese recorrido histórico, tratando de dar relevancia a cómo el filósofo se conecta siempre con su realidad, y de qué forma entra en diálogo con todo: arte, lenguaje, psicología, política, ciencia, tecnología, historia, economía, ética, religión, etc. De qué forma la actitud filosófica es el DIÁLOGO por excelencia, y que la actitud dialogante es básica y tiene que ser construida de forma plenamente consciente por cada individuo en su praxis social. Tratar de mostrar que el pensar filosófico no es marginal, sino algo siempre creativo que permite la relación con los demás. En definitiva, dar relevancia al hecho de que uno comprende mejor su mundo, conecta con todo lo demás y con los demás y, en definitiva, saca más partido de su existencia, sabiendo filosofar. En fin, que la lengua y las matemáticas no son herramientas suficientes para forjar nuestro carácter personal, académico y social, que sólo sabiendo éso, no seremos capaces de labrarnos un buen futuro. Que sin reflexión no hay acción, y que sin acción, todo es nada, y nada es todo. 

Qué nos queda por hacer. Este discurso no cambiará nada. El anteproyecto está en marcha, y posiblemente se lleve a cabo. Si esto ocurre, debemos sacar partido de esa situación en la que nos veremos inmersos, y ser creativos de forma que la Filosofía no sólo no muera, sino que cada vez tenga más éxito. ¿De qué forma? Trabajando de forma pequeña, en las calles, en centros, en aulas. Realizando cursos y  talleres que conecten la filosofía con otras realidades que interesan al ciudadano. La filosofía puede y debe dialogar con todo lo que la sociedad demanda. Y es su labor despertar la conciencia de las personas, fomentar el camino hacia la mayoría de edad kantiana. Éso es posible sólo con creatividad, capacidad de transformación, amoldamiento a la situación y también, sí, un cierto espíritu emprendedor: capacidades, todas, que la misma filosofía nos puede brindar, y que por cierto, paradójicamente, la misma sociedad nos demanda.

C.

28 de diciembre de 2012

Amor en tiempos de crisis

Muchos de nosotros estamos viviendo una profunda crisis existencial que se debe, o almenos así creemos, a la grave situación económica actual, que nos genera incertidumbre, falta de expectativas, carencia de rumbo y sensación de sin sentido y abismo cada vez que nos proyectamos hacia delante o hacemos lo que sea. Creo no equivocarme al pensar que éstas, mis propias sensaciones, son las mismas que ahora mismo tienen la mayoría de los jóvenes españoles.

Sin embargo, bajo toda esta problemática(o por encima, si consideramos que puede ser la base de todo el problema) hay una realidad problemática mucho más profunda en torno a una cuestión que nos afecta a todos: el amor. Ya diagnostisca Fromm, en El arte de amar, cuáles son las claves del problema y cuál es el verdadero sentido de AMAR.

El amor, el amar, es una actitud inherente a nuestro ser, que nos hace únicos, que nos genera sufrimiento y también profundas alegrías. No obstante, el verdadero significado de amar se ha banalizado de forma radical, se ha convertido en un objeto, en una mercancía que se consume y se tira. Cabría pensar, por ejemplo, si no estamos más preocupados en todo momento por ser amados que en detenernos en el modo en que amamos a los demás. O si vivimos el amor como un proceso que tiene un principio y que se va desgastando y que deberá ser desechado como le ocurre al resto de cosas materiales de las que disponemos: párate a pensarlo (?).

Fromm señala que AMAR es un ARTE, y como tal, debe aprenderse. Aprender, sin embargo, conlleva un esfuerzo, un trabajo difícil pero que como todo, genera sus frutos. Para amar a una persona hay que amar necesariamente a todos los demás. Para amar al resto, primero hay que amarse a uno mismo (no pensemos en el narcicismo). Para amarse a uno mismo, hay que hacerlo todo con amor.

Ésto me recordó la respuesta que leí hace no mucho de una pareja de ancianos que contestaban a un hombre que les preguntaba cómo habían hecho para estar tanto tiempo juntos, a lo que ellos respondieron: "Fuimos de una época en la que cuando algo no funcionaba intentaba arreglarse, no se tiraba a la basura".

Y señalo que la respuesta es "intentaba" porque eso significa que nunca sabemos, al intentar algo, cuál va a ser el resultado. Sin embargo, al intentarlo, uno necesariamente hace un "acto de fe" en aquello que quiere conseguir, y sin duda, un acto de fe requiere siempre una actitud de amor.

17 de diciembre de 2012

SAPERE AUDE!

La filosofía es un camino que sólo comienza con un acto de valentía. Ya lo dijo Kant, alcanzar la mayoría de edad implica un esfuerzo. Abandonar la minoría de edad es derribar el suelo de nuestro sentido común heredado, de todas las costumbres y opiniones que nos rodean y que jamás han sido cuestionadas.

Aprendiendo a filosofar uno lucha contra el dogmatismo de lo aceptado, enfrentándose a todo lo que se esconde, al infinito de lo desconocido. Como nos dice Russell en Los problemas de la filosofía, mediante el conocimiento filosófico uno de desapega de su YO, un yo privado que se siente seguro en sus propios límites, que se siente seguro en un entorno en el que no tiene necesidad de pensar, porque ya le viene dado.

Empezar a filosofar es incómodo, pero sólo así se van diluyendo los límites de nuestro conformismo con lo que, por ahora, hay. Es un acto valiente porque al pensar, dejamos de sentirnos cómodos ante un mundo que, NECESARIAMENTE, nos tiene que extrañar. Sólo así, en la aparente e inicial incomodidad, uno es libre de verdad. Por eso, SAPERE AUDE: "atrévete a saber".

28 de octubre de 2012

Fluir

Madrid centra, y acerca. Ahora entiendo porqué aquí conviven almas tan anónimas y tan lejanas. Aquí es donde en el cruce de caminos convergen inquietudes varias, pensamientos divergentes y un stress colérico. Miradas despersonificadas pero trato personal. Rostros múltiples, imprecisos, que jamás vuelven a encontrarse para definirse.

Metrópolis activa, me tranquilizas. Aquí puedo, por vez primera, oír el ruido del presente. Me mantengo quieta inmersa en la velocidad desenfrenada del movimiento masivo. Aquí escucho mis propios pasos cuando llueve, cuando las gotas de agua tocan mis zapatos, y fluyo.

Ahora entiendo la relación que hay entre inspiración y grandes ciudades. Ahora entiendo porqué Madrid inspiró a Sabina.

12 de junio de 2012

Una estrofa al tiempo

Qué quiero y qué no quiero,
tan indefinible como qué dirección tomará el viento.
Buscar lo que quiero es tratar de encontrar lo impredecible.
Aunque hay algo que sí sé que quiero.
Yo lo que quiero es tiempo.

10 de junio de 2012

Qué es lo que nos hace ser lo que queremos ser

Hace un tiempo ya que consideraba de nuevo el hacer (y no abandonar más) una entrada mía a este lugar que siempre tiene una puerta abierta para mí... y una puerta abierta para todos.

Una conversación espontánea sin fin de una amistad sin límites ni fronteras, ha sido la que me ha dado la última nota inspiradora para hacer lo que mi mente (y mis dedos) pueden hacer muy bien ante un espacio en blanco.

Si algo hay que empezar a aprender, sobretodo cuando una siente que se está haciendo algo mayor, como es mi caso, es que lo que hacemos diariamente y lo que queremos hacer sólo pueden conseguirse con voluntad y sacrificio. Es importante seguir esta frase como un pilar fundamental de un manual básico de supervivencia. Tiende a ocurrirme, como ejemplo personal, que pienso que si hay algo que se me da bien, que me gusta, que me apasiona, que me reconforta realizar y a lo que querría dedicar algunas horas de mi día a día, ese algo vendrá a mí espontáneamente, y no tendré que pensar en hacerlo porque está en mí, en mi vocación, como si un impulso de mi corazón me forzara a llevarlo a cabo. E aquí la paradoja: desgraciadamente, la vida no es tan fácil...Afortunadamente, estamos bastante equivocados. Y digo afortunadamente porque si fuera el caso que he descrito, entonces aquellos que no hacemos nada, estaríamos condenados a no hacer ni crear nunca nada. Cuando nos susurran en la conciencia cosas que querríamos hacer y no hacemos, nos sentimos algo decepcionados con nosotros mismos: ¿significa eso que no sirvo para eso, que en verdad no me gusta tanto? ¿No me gusta escribir si nunca escribo? ¿No me gusta tocar la guitarra si nunca me pongo enserio a tocarla?. Pero entonces, ¿quién puede explicar que ahora mismo ni mi mente ni mis manos puedan poner fin a esta escritura?.

Aristóteles decía que el hábito es lo que nos permite llegar a ser personas virtuosas, a conseguir nuestra propia virtud. Uno no nace sabiendo aquello que quiere hacer, eso del don natural más vale dejarlo un poco de lado. ¿Mucho que abordar? ¿Hacer deporte, quizás? ¿Comer bien? ¿Leer más? ¿Estudiar más? ¿Dedicar más horas a cocinar? ¿Dibujar? ¿Tocar algún instrumento? ¿Estudiar? Mucho ruido. Si, cierto y deprimente, al final no hemos hecho nada. Me viene una sensación de remordimiento, o algo así como una sensación difusa de insatisfacción, un asco existencial, ¿no sirvo para eso?, ¿acaso no podemos hacer todo aquello que nos proponemos hacer, o aquello que hacen otras personas con las cuáles nos comparamos a veces e incluso envidiamos?

Con esta entrada pretendo hacer que se destruyan este tipo de pensamientos y demostrar que el camino de nosotros mismos es un continuo hacerse, ya que lo que somos hoy y lo que hacemos hoy es algo que en cualquier momento puede cambiar o seguir su rumbo, según lo que prefiera nuestra voluntad. Y, en definitiva, que dedicarse a algo es, precisamente, ir haciéndolo. Porque, al fin y al cabo, lo que es nuestra vida y lo que somos nosotros, es lo que vamos haciendo.

"Exister c'est là, simplement" (J.P. Sartre)

11 de marzo de 2012

Ellos


Hace unos días que me ronda la idea de publicar una entrada para hablar de aquellos que, un día, fueron protagonistas, los principales personajes de esta gran obra que llamamos mundo. Siempre han sido personajes secundarios, pero siempre han despertado en mí cierta conmoción. Pero un día te das cuenta, sentada en el autobús observando a las personas que están esperando en las paradas, de que están ahí, como invisibles, llenando el espacio de ese escenario que, sin ellos, estaría descompensado.

En sus ojos puedo leer algo contradictorio, en cierta manera ambiguo, acerca de su mirada propia frente al mundo. Hay en ellos algo así como admiración, curiosidad y confusión frente a un entorno que han masticado y han saboreado, del que son los auténticos expertos y los sabios. Arrastran experiencia, arrastran historias con ellos, las llevan dentro, nada les puede conmover, pues cada una de esas personas han pasado muchísimas veces el florecimiento primaveral, lo que se trae de nuevo la vida, lo nuevo que lleva consigo el tiempo, la renovación vital. En este sentido, no esperan nada más, más cambios, no hay nada más que ellos puedan conocer.

Pero como he dicho, lo primero que sientes al entrar en su mirada es extrañeza. Extrañeza ante todo aquello que ya no pueden ni podrán conocer, que les es conocido y a la vez desconocido. Conocen a las personas, conocen lo que les sucederá, conocen muchas experiencias, pero desconocen inevitablemente el sentido de lo nuevo. Ya no tienen ni quieren tener esa capacidad de aprender, hay algo en su ser y en su conciencia que les impide ya seguir en esa dinámica de renovación: tecnologías, nuevas relaciones personales, nuevos problemas, nuevos temas, nuevas ideologías, nuevos debates, nuevos libros, nuevos pensamientos, nuevos colores, nuevos rumbos.

Éstos son los mayores de nuestra sociedad. Los que están sentados en la parada del autobús mirando los coches, observando a los jóvenes pasar. Ésta es mi abuela al escucharme y observarme cuando le cuento mis historias.

Conocer y desconocer, ésta es nuestra condición final de la vida. Quiero poder llegar a esa sensación, no me importa. Quiero que mi mirada, mi expresión, mis arrugas, sean como un libro escrito lleno de notas y matices que harán aprender a los demás, pero que a la vez sea un libro cerrado, editado, en el que ya no es posible una sola reedición más. Pues me será suficiente haber vivido lo que hasta entonces habré vivido. Y tengo que resignarme a aceptar, si es esto lo que deseo, que los nuevos protagonistas de la historia del mundo observen en mí esa mirada de extrañeza y confusión permanente ante todo lo nuevo que venga, cuando yo haya decidido no renovarme más.